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  • Rocío G. Suárez

Las cuevas de Andina en El Franco, de mina de oro romana a Monumento Natural

Lo que en su día fuera una explotación aurífera es hoy un bosque con microclima propio, poblado de decenas de especies naturales


En un entorno de gran belleza, a ocho kilómetros de La Caridad, capital del concejo de El Franco se encuentran las Cuevas de Andina conocidas en la zona como "As Covas da Andía".

Consideradas Monumento Natural del Principado desde 2002, no es hasta 2008 cuando concluyen los acuerdos con los propietarios de estos terrenos y se prepara una ruta para que el público pueda disfrutar de este paraje espectacular.

Esperanza es la encargada de guiar las visitas con un derroche de simpatía y conocimiento del lugar que pone al servicio del visitante para que la ruta resulte una experiencia inolvidable.

Para llegar al resultado que ahora observamos al visitar estas cuevas, se dieron unas circunstancias en las que colaboraron conjuntamente la madre naturaleza y la mano del hombre.

Desde el punto de vista geológico y geomorfológico esta zona del occidente de Asturias está atravesada por una formación caliza. La permeabilidad de este material hace que el agua la disuelva y abra huecos en su interior creando galerías cársticas. Este proceso se realiza en el interior de la superficie, bajo tierra, por lo que no se suelen ver.

Aquí es donde aparece la mano del hombre.

Los romanos conocedores de la existencia de oro en la zona, pusieron en marcha, durante los dos primeros siglos de nuestra era, todo su potencial de ingenio y mano de obra para conseguir tan preciado metal. La técnica utilizada consistía en romper la montaña. Excavaban hacia abajo buscando la base de la roca, abrían socavones y canales por el medio de ésta. A continuación introducían leña que quemaban para calentar el resalte de la roca, cuando tenía una temperatura elevada soltaban agua fría por estos canales produciéndose un cambio de temperatura tal que hacía estallar las paredes, generándose vaciados y bloques de diferentes tamaños que luego iban triturando y lavando para obtener las pequeñas pepitas doradas.

Ese vaciado del terreno es el que deja a la vista estas galerías.

La vegetación autóctona se fue apoderando del terreno creando este espacio natural, en forma de valle cerrado y abrigado de los vientos; un bosque muy denso donde las especies compiten entre sí dando lugar todo ello a la formación de un microclima con una temperatura constante en las diferentes épocas del año.

La humedad y el calor propician la aparición de una vegetación frondosa donde se encuentran especies vegetales propias del bosque atlántico pero también del bosque mediterráneo. Nombrar los diferentes tipos de árboles llevaría tiempo: robles, castaños, fresnos, alisos, abedules, madroños…Junto a éstos, una gran diversidad de plantas, musgos y helechos hacen de la visita a las cuevas un espectáculo botánico que varía dependiendo de la época del año en que se realice.

A lo largo de la ruta aparecen rincones significativos como el Pozo de Agua Verde. Se trata de una galería que lleva agua en la que se proyectan los rayos del sol en la mañana y se refleja la vegetación del lugar produciendo ese color.

La Cueva de los Grajos (A Cova das Grallas) es el nombre que le dieron los vecinos a un hueco natural en el que habitaban muchas de estas aves.

Diferentes procesos de mineralización y oxidación producidos en el recorrido del agua por el interior de la roca y su salida al exterior dan a la piedra diferentes tonalidades que llaman la atención del visitante.

El Horno del Mosquero (El Forno del Mosqueiro) es una pequeña galería cuya entrada semeja la boca de un horno y "mosqueiro" porque así se denomina a las zonas que el ganado busca para escapar de moscas e insectos; al tratarse de un rincón fresco y con corrientes de aire no es muy propicio para éstos.

Las oquedades producidas por el agua en la roca hacen que los visitantes, en especial los más pequeños, dejen volar su imaginación descubriendo en las paredes elefantes, lechuzas y hasta figuras fantasmagóricas. En el Caleiro del Llamazo se hallan los restos de lo que en su día fue una calera. Los habitantes de la zona aprovechaban la roca para producir cal, utilizada para distintos usos. Amontonando bloques de este material y aplicándoles altas temperaturas que conseguían quemando grandes cantidades de brezo, ablandaban y trituraban el material.

La ruta alcanza su cota más alta en el Mirador de la Cueva y llega hasta aquí para que el visitante aprecie el cambio de temperatura que se advierte al salir del bosque profundo. Desde este punto hacia arriba se nota la misma climatología que en el exterior pero hacia el interior el microclima se mantiene.

Desde este lugar, se inicia el camino de vuelta hacia el comienzo de la ruta.