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  • Redacción

La ruta de la Seimeira descubre al viajero la belleza y la magia de la tierra de Oscos

En el Valle del Desterrado, el viajero experimenta la sensación de sentirse vigilado por el protagonista de la leyenda que da nombre al lugar


Si uno decidiera tomarse un año sabático y lo hiciera en el Occidente de Asturias, seguro que cada día tendría un rincón por descubrir y le faltarían días.

Uno de estos lugares, donde la belleza del entorno se mezcla con enigmáticas leyendas, donde el pasado se hace presente y los silencios se combinan con los trinos de los pájaros y el sonido de las agua del Agüeira, lo encontramos en el concejo de Santa Eulalia de Oscos, en la Ruta de la Seimeira. Hasta el nombre suena bien.

El recorrido parte de la aldea de Pumares a escasos dos kilómetros de Santa Eulalia, la capital del concejo.

Antes de entrar en el pueblo, se encuentra un área recreativa equipada con mesas, bancos y pequeñas parrillas. En las inmediaciones hay aparcamiento donde se puede dejar el coche

La ruta, calificada de Pequeño Recorrido (PR.AS-116), está muy bien indicada, por lo que no hay dificultad para encontrar el sendero. Una vez en marcha y durante los poco más de tres kilómetros que llevan a la cascada, los sentidos no encuentran descanso y las sensaciones se van sucediendo a medida que se anda el camino.

La senda discurre por un camino llano, introduciéndose en un bosque de viejos robles y castaños, a muchos, la edad no les perdona y sus troncos se encuentran huecos o resquebrajados, dando lugar a figuras retorcidas y originales. El recorrido no entraña dificultad.

El río Agüeira nos acompañara, a nuestra izquierda, en todo el recorrido; en sus márgenes alisos, sauces, avellanos y otras especies de ribera.

Pronto aparecen las primeras muestras que recuerdan, que lo que ahora es soledad y silencio, otrora fue lugar de residencia y trabajo de muchos santalleses. Una muela de afilar en perfecto estado de restauración indica que es zona de "ferreiros"; cerca, los restos de un mazo que funcionaba en el lugar.

Merece la pena hacer un paréntesis para descubrir la leyenda de Juan el desterrado

El camino se estrecha entre muros de piedra que lo delimitan, y enseguida, un puente de madera ayuda a sortear un arroyo que se acerca al Agüiera por la derecha.

La senda empieza a ascender disimuladamente por entre más restos de construcciones. El paisaje de árboles cubiertos de líquenes y musgos acrecienta espectacularidad del entorno. Así llegamos a La Ancadiera, aldea que quedó deshabitada, no hace muchas décadas. No se puede evitar entrar en alguna de las viviendas que aún se mantienen en pie e imaginarse cómo podían subsistir sus moradores en aquel apartado rincón.

De vuelta a la senda y al entorno del río, llaman la atención unas pequeñas construcciones circulares de piedra; antes de que nos "rompamos" la cabeza pensando en su utilidad, un panel informativo nos lo aclara. Son las corripas. En este entorno de castaños, los habitantes de entonces, aprovechaban el fruto de los mismos. Para ello, llegado octubre vareaban los árboles e iban recogiendo los erizos que guardan las castañas, unas pinzas de madera evitaban los pinchazos, y ayudados por cestas, los transportaban hasta estas construcciones donde los amontonaban y cubrían con hojas. Aquí se conservaban unos meses,con la llegada de la primavera se vaciaba la corripa y recogían las castañas para su consumo.

Pronto nos encontramos otro cartel informativo. Si hasta aquí nuestros sentidos ya estaban saturados ante la belleza del entorno, a partir de este momento una sensación de "no estar solos", nos acompañará el resto de la ruta.

El citado cartel nos dice que estamos en el Valle del Desterrado y narra la leyenda que los viejos del lugar contaban a sus descendientes. Merece la pena hacer un paréntesis para conocerla.

Un vecino de Santa Eulalia que obedientemente servía a un señor de la zona, retornaba al pueblo, acompañando a su amo, tras una jornada de caza. Viendo próxima la hora de la celebración de la misa, el señor ordenó al criado que se adelantara e indicara al cura que no empezaran hasta que él llegara. No fue tan obediente el párroco como el criado y pese a las súplicas del joven, la misa se celebró sin la presencia del señor. Cuando éste llego a las proximidades de la iglesia, comprobó que su deseo no se había cumplido y montó en cólera. Descubrió que el párroco había desoído su mandato y ordenó al criado que le diera muerte o, de lo contrario, el ejecutado sería el joven. Al ver que su vida corría serio peligro cumplió la orden y mató al cura .Lo que no esperaba es que fuera su propio amo quien le delatara, y tras un juicio rápido fue condenado a la muerte en la horca. Un contratiempo salvó al muchacho de su ejecución y es que en Santa Eulalia de Oscos , por decreto ,toda persona que fuera capaz de sustentarse por sus propios medios, gozaba de título de hidalguía, y se daba el caso de que prácticamente todos sus vecinos ostentaban tal título nobiliario. Lo que provocó que llegado el día de la ejecución, no había brazos para levantar la horca ni persona que llevara a cabo la macabra sentencia, pues tal título eximía de realizar labores de verdugo.

Ante tal desaguisado, la condena del joven fue conmutada por el castigo de ser desterrado de por vida a un lugar, donde no se oyera "carro chirriar, gallo cantar ni campana sonar; y precisamente este paraje ,cumplía estos requisitos porque pasado el poblado de La Ancadeira pocos se atrevían a continuar, como reza el cartel.

La ruta muestra en este paraje un área recreativa de bancos y mesas hechos con pizarra, que incita al viajero a hacer un alto en el camino hacia la seimeira.

A escasos metros, aparece una bifurcación indicada, en la que un estrecho puente te invita a tomar el camino hacia Busqueimado o bien continuar recto hacia la cascada (seimeira).

Siguiendo recto, no pasa mucho tiempo hasta que el sonido de la caída del agua advierte de la proximidad al destino final. Y ante nuestros ojos aparece el salto de agua que desde unos treinta metros se deja caer por entre rocas y una exuberante vegetación. El camino ha merecido la pena. Sentarse sobre una de las peñas que rodean la cascada, es un placer para los sentidos y un enfoque estupendo para la fotografía que inmortalice el momento.

A nuestro pesar toca iniciar el regreso y de nuevo ante el cruce hay que pensar si se sube al pueblo de Busqueimado por un sendero que zigzaguea o si se retorna al pueblo de Pumares, lugar de inicio de la ruta .Cualquiera de las opciones será una buena elección.